viernes, 12 de octubre de 2007

Mocos, cera y amistad


Hoy, jueves 18 de Julio de 2007, Juan, uno de mis mejores amigos llegó a casa...eso si tarde, se retrasó unos 45 minutos, la comida se enfrió, Juan se fastidió, yo me enfadé con Juan por su demora, en detalles que hacen la amistad.
Hacía tiempo que, la montaña - siempre pienso en decirle y jamás le digo- no sufría mi apremiante amistad de cerca...
Ni bien terminamos el almuerzo, nos propusimos olvidar el mal momento... Bajamos las escaleras, llegamos al sótano, "pusimos" la mesa y a devorar el deporte en miniatura... ping-pong-ping-pong hacía el pequeño globo terráqueo anaranjado, golpeando una y otra vez contra el caucho frío de las paletas... la intensidad del juego aumentaba; el frío del sótano se escabullía entre los azulejos del suelo y el calor se adueñaba del lugar. no sé, si aquella Aconcagua de amistad y cariño había sentido lo mismo, pero a mi me recorría un arduo sentimiento de alegría que sólo se asemejaba a las tardes disfrutadas en aquella casa de Beccar, ubicada en la calle Isabel la la Católica. Sentía que mi rostro no encontraba lugar para tanta algarabía.
Mi cuerpo enardecido, no se asqueaba del calor de la amistad y entre punto y punto, festejo y festejo, el sol seguía su recorrido de Este a Oeste.
Unas dos horas pasaron para que se hiciera presente en el lugar Francisco. Fran de 20 años, de piel nívea, rasgos marcados, de ojos enormes y desorbitados (quizá creados y pensados por los genes de sus padres para que de pequeño, pudiera desarrollar una habilidad sin igual para los juegos de consola... quien sabe... quizá también para alguna otra cosa... yo personalmente prefiero pensar como dice una célebre frase que " los ojos son las ventanas del alma"...) puso a nuestra disposición todo un repertorio inacabable de humoradas con la condición necesaria de mutuo intercambio...
Entre chistes, risas y sonrisas llegó la noche; Nacho, otro de los fieles y devotos de esta amistad, no llegaba... Fran se iba, mientras Juan decía: "la cera de las orejas, es como los mocos de la nariz..."
Todavía me pregunto "¿qué tendrá la cera que no se "suena" y que tendrán los mocos que mucha gente dice "me los como?"

Firme como la piedra



Pedro viajó aproximadamente 9 meses y medio; no quería regresar de donde nunca había partido... seguramente por el miedo a la reacción de sus padres. Su padre perseverante, digno de una pericia y agilidad pocas veces vista en asuntos cotidianos, acompañaba siempre, en todo momento y experimentaba en muchas ocasiones, los suntuosos sentimientos que se proliferaban en el alma de su mujer... ella en cambio ávida de miedo e incertidumbre, se transformaba, día tras día para enamorarse de aquella incertidumbre y desconocimiento que tanto miedo le producía... pero firme, siempre firme a los embates anímicos. Su relación se construía a partir de la sobre-determinación afectiva, el complemento amoroso de uno hacia el otro, terminaba por plasmarse en ambos.
Quizá por el miedo y la incertidumbre Pedro se retrasó unos días, quizá aquel sentimiento de miedo y sorpresa le tocaba ahora en lo más profundo de su ser... y por esta razón su viaje cósmico les serviría a ellos para adentrarse en el bosque de sorpresas que su llegada producía... ahora el jovencito comprendía que -como la muerte en la agonía- su arribo sería el único remedio para aquella inescrutable incertidumbre.
Aquel día la ciudad se vestía de blanco y abrigaba armoniosa y sosegadamente su presencia. Aquel día tempestuoso, de nubes y nieve que no dejaban ver las estrellas... esas estrellas que Pedro había recorrido y conocido de forma intensa. Aquel día había elegido Pedro para comenzar un nuevo viaje... Decidido finalmente, aquella madrugada eternáuntica aterrizaba en los brazos de ella y bajo la cálida mirada de él, el pequeño comenzaba aquella ardua aventura, aquel extenso viaje, el de la vida...

Ser digno de ser



¡Maldito sea el momento en que decidí pasar el resto de mi vida con él! Es que en verdad hace diez años cuando lo conocí, era el mejor trapecista chino del momento... y yo justamente lo conocía gracias a su gran destreza y concentración arriba de aquellas tensas y angostas cuerdas, que parecían indestructibles... Pero algo falló, y fue justamente aquella maldita cuerda impregnada de óxido la que hizo que Guan Zse cayera al piso impactando su espalda contra la arena...
Ahhhhh pobre infeliz, si lo vieran devorar, sí devorar, pues ya no come, devora cual fiera voraz. No le importan ya las tradiciones, nuestras costumbres, nada... Ha cambiado sus palillos por sus manos que parecen transformarse en enormes garras vacías de toda delicadeza. Y es que el accidente pareciera haberlo inhabilitado de por vida...
El pobre ha huido de sus cabales. Todo es amorfo y desequilibrado en Guan: los estruendosos estallidos que produce por la mañana con las bolsas, sus desgarradores alaridos por las tardes, o sus espásticos movimientos al deslizarse por el suelo durante las noches. Balbucea sin distinguir división alguna entre palabra y palabra... entona extensos e incomprensibles parlamentos, dignos de nadie.
Mis caricias parecen no alcanzarle, contrariamente lo alteran aún más. Cualquier pequeñez vale para dejar fluir sus cúmulos de ira. Temeraria ira. Y prosigue así con sus balbuceos gritando a los vientos desaforadamente; completamente fuera de sí.
Lo único que logra doblegar su ira y apaciguar su ánimo es cierta música occidental sin sentido, monótona y aburrida. Un grupo llamado “Los Escarabajos” son los dueños de su paz...

jueves, 11 de octubre de 2007

La argentinidad al palo


Sintió el leve susurro de una fría y húmeda brisa... Aspiró desmesuradamente por última vez y su cuerpo extasiado, cayó pesadamente sobre el suelo de aquel gigantesco salón...
Carlos Robira tenía 46 años y nada por delante; regresaba como cada día desde hacía 27 años de luchar... de luchar contra un sistema que no le abría paso a su dignidad.
Una vez al año, durante los primeros días de Abril, Carlos sentía el frío abrazo de la muerte... sentía morirse en vida. Sin embargo aquella torturante sensación menguaba gradualmente. Dos meses más tarde, durante el mes de Junio crecía en él un intrépido ímpetu por hacer de su vida, una vida normal y corriente como la de cualquier hombre de su edad. Pero la desilusión se tornaba inevitable, sin dignidad y sin reconocimiento regresaba por las noches, a aquel enorme galpón donde un plato de comida y "la 649", su cama, le daban la "bienvenida"...
Como aquella noche del 1982, regresaba cada noche en aquel ómnibus de traumas. La clara, trémula y tétrica luz iluminaba el ensordecedor silencio y la soledad iluminaba la desilusión de ser recibido simplemente por nadie. Como aquella pálida noche de Junio regresaba sin pena ni gloria a ningún lugar. Entonces, era el momento de su dosis, de hacer de aquella noche una noche más; una noche mágicamente blanca. Era el momento de deshacerse del escarmiento que le había tocado vivir y que aún persistía en él.
Carlos Robira tenía 46 años y ya no quería arribar cada noche indiferente, sin pena ni gloria. Aquel joven que tanta crueldad y muerte había presenciado, y que tantas otras vidas había ayudado a salvar, ahora decidía dar su vida por él...











Amistades peligrosas


Cuando entré me di cuenta que nada había cambiado, aquel living amplio, espacioso y lóbrego con esos ventanales de doble hoja de vidrio polarizados, aquel piso oscuro y frío de madera de Grapia, todo estaba igual. En la cocina Kitty, la gata de Juan, lamía el piso apasionadamente, la llamé, pero no había caso, seguía concentrada en su menester. Cerré la puerta de la cocina y el chirrido característico de todas las puertas de la casa. La falta de aceite en ellas, el desesperante goteo de las canillas de los baños, nada parecía haber cambiado.
Estaba agotado, era Viernes y había tenido una semana muy difícil en el trabajo. Mejor dicho había sido una semana igual que todas, salvo por el hecho de que me jugaba mi última carta por un ascenso en la empresa. El lunes sabría si sería el nuevo gerente de Muller and Brinnan Asociation. Pero sabía que lo más probable sería que no, había perdido los archivos del último año y medio de balances y seguramente mi intachable curriculum se mancharía, sin permitir abrirme paso al tan ansiado puesto. Supongo que toda esa tensión sumado a la incómoda competencia por aquel puesto con mi mejor amigo, Juan, me habían agotado. Pero así era, o él o yo, sabíamos que ambos no accederíamos a la gerencia. En la empresa nos manejábamos así, sólo compañeros. "Trabajo es trabajo" decía Juan siempre.
Me dispuse a realizar las dos tareas que se me habían encomendado: darle de comer a la hermosa Kitty y regar su colección de inmóviles y aburridos Potus. En ese mismo orden procedí. Tomé el tarro con el alimento de la gata, lo abrí y eché la comida sobre una hoja de papel, que hacia de plato y se encontraba sobre el piso con algunos restos de comida. Pero Kitty seguía besando el suelo; apenas se impacientó, levantó su cabeza me miró profundamente por unos segundos, agachó nuevamente la cabeza y acto seguido su lengua volvió a tocar el piso. Yo, un tanto molesto por la actitud ingrata de la gata, la llamé, y ella con la cabeza gacha y la cola entre las patas se acercó al plato lentamente y comenzó a comer aquel inmundo y hediondo alimento balanceado.
Primera tarea finalizada, entonces proseguí, me dirigí al sótano donde sedientos me esperaban aquellos inútiles Potus. Bajé con precaución aquella vieja y estrepitosa escalera de pino, encendí las luces, tomé las dos regaderas que se encontraban sobre el lavarropas, las llené y comencé a regar. Luego, como Juan me había indicado, tomé el trapo para limpiar las hojas. Me había dado una buena explicación acerca de porque los Potus necesitan que sus hojas sean limpiadas con agua tibia durante los días de calor y humedad. Yo sólo presté atención a la parte en que me indicaba la acción concreta: limpiar sus hojas con agua tibia.
Regué uno por uno, muy lentamente a los inútiles, puesto que recordé parte de aquella extensa e insípida explicación: "los Potus son plantas que no necesitan mucha agua, pero la poca que necesitan debe echarse muy lentamente, porque tienen raíces de poca absorción".
Terminé de regar y me dirigí a la cocina. Kitty arañaba la puerta, quería salir. Le abrí y corrió directo hacia la pared, saltó hábilmente y se perdió detrás de las ramas de un Sauce.
Levanté el papel, que hacía de plato y tiré los restos de comida nuevamente en el tarro del alimento. Luego me dispuse a tirar en el cesto de basura el papel de la comida, cuando repentinamente mis ojos, desorbitados observaron lo que nunca hubiera imaginado... En negrita, subrayado y en el centro de la hoja decía: "balances del mes de Junio, año 2006, Muller and Brinnan Asociation". No quería dejarme llevar por elucubraciones y especulaciones, así que comencé a revisar los cajones de la casa. Primero los del living luego los de la cocina, y por último los de la habitación, pero nada... entonces me pregunté que es lo que estaba haciendo, Juan era incapaz de esconder los balances para ensuciarme..."¿era incapaz?" Comenzaron a nacer en mí las más terribles suspicacias, descontrolado comencé a buscar nuevamente por todas partes, me faltaba el sótano; allí no encontré nada, subí rápidamente la escalera y corrí hasta la puerta de la cocina. Allí me quedé paralizado, reflexionando acerca de todo lo malo que había llegado a pensar de Juan. Pero no podía dejar de pensar en qué hacía aquella hoja allí... Me decidí a confiar en él, después de todo era mi mejor amigo. Logré dejar de pensar en todo aquello que realmente me perturbaba. Terminé de ordenar, revisé que todo esté en orden, las luces apagadas, las puertas y ventanas cerradas, las persianas bajas y finalmente cuando estaba por salir, el timbre me retuvo; atendí por el portero eléctrico, pedían cartones, diarios y papeles; le dije al hombre que me esperara un momento. Fui al revistero tomé parte de lo que en él había lo puse en una bolsa y abrí la puerta para entregárselo; se lo di y el hombre levantó la bolsa para ponerlo en su carrito , la bolsa no soportó el peso y los papeles cayeron al suelo, me agaché para ayudar a levantar las cosas y encontré entre las hojas de diarios y revistas los balances. Ahora estaba seguro Juan sería el nuevo gerente a menos que yo lo impidiera.

martes, 11 de septiembre de 2007

El viejo y el mar


El sol había caído ya cuando el hombre, semi-tendido en el fondo de la canoa tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor.
Habían pasado más de cuatro días de su huida. Había amenazado más de una vez con realizar aquella acción desesperada, decía que era la única forma de que su tierra por la que tanto había luchado le reconociera su esfuerzo... Ya no quería seguir viviendo allí, ya no, había llegado a la conclusión de que la tierra estaba contaminada por el ser humano y su inescrupuloso accionar, por eso había decidido pasar el resto de su vida en aquella angosta y fría canoa.
Sufría constantemente el recuerdo de aquella maldita guerra por la que había atravesado hacía ya más de diez años. Su mente se teñía de rojo, su cuerpo comenzaba a temblar y su corazón latía desmesuradamente cada vez que recordaba los cuerpos tendidos sobre la húmeda tierra bañados en sangre; muchos mutilados e impregnados por el terrible silencio de la muerte, otros abrumados por el dolor y la impericia gemían de manera más que elocuente...
El viejo sabía que ya no podría deshacerse de aquella pérfida sensación, pero había decidido comenzar su final allí, sin humanidad de por medio... Pretendía deshacerse de la propia y esperaba disfrutar de cada día como si fuese el primero.
En su tierra había pensado más de una vez en quitarse la vida, pero allí en compañía de la soledad había encontrado cierta tranquilidad que le permitía seguir viviendo... Esa misma tranquilidad era la que lo abandonaba por las noches; y no encontraba con que cobijar la profunda angustia que sentía por estar lejos de aquella ingrata tierra que tanto daño le había causado. Pero de algo estaba completamente seguro, que allí no quería volver...
Había perdido la orientación, su canoa seguía sin rumbo, ya no por su propia voluntad, sino por mera inercia... Esa noche cerrada, de intensa bruma y sin estrellas Hook comenzó a sentirse extraño, al principio incómodo, molesto, y hasta furioso, luego comprendió que algo importante iba suceder. Algo que lo tranquilizaría. Sentía que algo conocido se acercaba... Era inminente... su corazón se estrujó contra su pecho y dejó de latir, sus extremidades se entumecieron... Un rasguido se escuchó en la inmensidad de la noche y la canoa encalló en la arena...

domingo, 5 de agosto de 2007

Poema

ojos abiertos se cierran
pestaña gravitatoria sufre el peso del pensamiento.
y cae, vencida. pendida.

la bandera que se alzaba frente a la vida, se derrumba demoliendo
lo que de ella quedaba en ésta poco fértil tierra.

cuando uno ve, y lo visto lastima, uno se cierra, para dejar de percibir
las sensaciones y las emociones.
escapando de sí mismo, se pierde en su interior, para renacer cuál mariposa,
con un aleteo o dos.

no darnos cuenta, de que cuanto más alejados de nosotros mismos tratemos de estar,
realmente más cerca nos hallaremos de encontrarnos en la inmensidad.

intenta alejarte de la meta final. te irás por el lado contrario, ella te alcanzará,
desdibujándose y volviéndose a dibujar, sin importar a donde vayas.

y no es que te persiga, es que siempre tú mismo la dibujarás, para no errar disválido
y vagabundo sin camino ni destino.

hasta aquel que está perdido, sabe hacia donde va.


Naty muchísimas gracias por permitirme poner tu poema en el blog.